Por: SALVADOR MOLINA SAAVEDRA

Especialista Derecho Constitucional.

Como creyente, no puedo ni debo pasar por desapercibida una agresión que no solo hiere la fe cristiana, sino que vulnera la dignidad de la persona más sagrada que ha pisado la faz de la tierra. Y aunque Jesucristo no necesita defensa alguna, pues su autoridad emana de un poder infinito y eterno, sí resulta necesario evidenciar cómo la ligereza en el discurso, ya sea por desconocimiento de las Sagradas Escrituras o por desprecio hacia las creencias mayoritarias de una nación, puede conducir a transgredir los límites que impone la Constitución y a desconocer la dignidad de millones de personas que encuentran en su fe un pilar esencial de su identidad

Un presidente puede no creer en Dios. Puede no profesar religión alguna. Puede incluso disentir profundamente de las creencias mayoritarias de su pueblo. Eso es legítimo. Lo que no es legítimo es utilizar el poder del cargo para trivializar, distorsionar, ridiculizar o agredir simbólicamente la fe de millones de ciudadanos Colombianos.

Insinuar que Jesucristo hizo el amor con María Magdalena, y otras mujeres, es igual a querer decir que Jesucristo fornicó y esto, no es una reflexión académica ni un debate histórico serio. Es una provocación que desconoce el corazón mismo del cristianismo. Una fe que afirma, desde hace más de dos mil años, que Cristo fue sin pecado. No es un detalle menor: es su fundamento Bíblico, veamos:

2 de corintios 5-21. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

1 Pedro 2:22, : “Él no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca.”

Este versículo afirma directamente que Jesús vivió una vida sin pecado. Pedro, quien fue uno de los discípulos más cercanos a Jesús, habla desde su experiencia de primera mano al observar la vida y el ministerio de Jesús.

 Hebreos 4:15, “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.”

Este versículo es particularmente significativo porque reconoce que Jesús enfrentó tentaciones reales, tal como nosotros, pero permaneció sin pecado. Esto enfatiza tanto su plena humanidad como su perfecta obediencia a la voluntad de Dios.

Juan 1-29: “Al siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

 Este texto Bíblico nos enseña como Jesús no vino al mundo a pecar, sino a quitar el pecado del mundo.

Ahora aunque Colombia según Marco constitucional es un estado “laico”, (no confeso), el cual permite libertad de conciencia y de cultos, los artículos 18 y 19 de la Constitución Política de Colombia no son decorativos; son pilares del Estado Social de Derecho.

  • Artículo 18 (libertad de conciencia) protege el derecho de cada persona a creer, no creer, interpretar o no revelar sus convicciones sin ser molestada ni presionada.
  • Artículo 19 (libertad de cultos) garantiza que todas las confesiones religiosas son igualmente libres ante la ley, lo que implica respeto institucional hacia sus creencias fundamentales.

Y además el Artículo 20. “Se garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información veraz e imparcial”, es claro que esta libertad de expresión no permite la agresión, el irrespeto y la ofensa y menos viniendo de la máxima autoridad del estado.

Es claro desde este marco, que el Estado no puede imponer una creencia, pero tampoco puede ridiculizar, deslegitimar o agredir simbólicamente las creencias de una comunidad religiosa, especialmente cuando proviene de la máxima autoridad del poder ejecutivo

Laicidad no significa burla. Neutralidad no es desprecio. Un Estado laico protege la fe del creyente y la conciencia del no creyente por igual. Cuando el presidente cruza esa línea, no está ejerciendo pensamiento crítico; está erosionando la confianza de un pueblo que espera respeto, no imposiciones ideológicas disfrazadas de opinión.

En un país herido por la polarización, el discurso presidencial debería unir, no provocar. Gobernar no es humillar creencias ajenas, es representar con dignidad a todos, incluso a quienes no piensan igual.

Un Estado laico no es antirreligioso, es neutral y respetuoso.
Laicidad no significa burlarse de la fe, sino, no privilegiar ni atacar ninguna.

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