En un país donde la retórica sobre educación suele superar con creces los resultados, la gestión de Omar Lengerke Pérez al frente de las Unidades Tecnológicas de Santander (UTS) ofrece un caso que merece ser examinado con mayor detenimiento. Once años después de haber asumido la rectoría, el balance no se agota en cifras ni en inauguraciones: se traduce, sobre todo, en trayectorias de vida que han cambiado de rumbo.

Llamarlo “transformador” no es un recurso retórico vacío. Es, más bien, una síntesis de una gestión que ha combinado expansión física, innovación académica y una apuesta decidida por la inclusión. La ampliación del campus de Bucaramanga, con obras emblemáticas como el edificio Akros,

concebido como un entorno que estimula el aprendizaje y la creatividad, es apenas la cara más visible de un proceso más profundo: la construcción de una institución que busca responder a las exigencias de un mundo en constante cambio.

Sin embargo, el verdadero alcance de esa transformación se mide fuera de la capital santandereana. La llegada de la oferta educativa a municipios como Piedecuesta, Vélez y Barrancabermeja no solo descentraliza el acceso, sino que redefine el mapa de oportunidades en el departamento. A ello se suma el fortalecimiento de la educación virtual, que para 2026 roza los 4.000 estudiantes, consolidando a las UTS como una institución que entiende que la educación, en el siglo XXI, no puede estar limitada por la geografía.

Este crecimiento, que podría haber derivado en una expansión desordenada, ha estado acompañado por un énfasis sostenido en la calidad. La acreditación de programas en áreas como ingeniería electrónica, telecomunicaciones y electromecánica, así como el avance de otras carreras hacia estándares de alta calidad, refleja una intención clara: no basta con ampliar cobertura, es indispensable garantizar pertinencia y excelencia. En palabras del propio Lengerke, se trata de formar egresados capaces de enfrentar con solvencia un mercado laboral cada vez más exigente.

Por supuesto, el camino no ha estado exento de dificultades. Pero es precisamente en la gestión de esas tensiones donde se evidencia el carácter de un liderazgo. Desde la implementación del sistema de gestión de calidad en 2017 hasta la acreditación de múltiples programas en años recientes, la administración de Lengerke ha mostrado una línea de continuidad poco frecuente en el sector público: cada avance se construye sobre el anterior, sin improvisaciones ni rupturas abruptas.

Reducir estos once años a infraestructura, certificaciones o indicadores sería, sin embargo, quedarse en la superficie. El verdadero impacto radica en los más de 30.000 estudiantes que hoy encuentran en las UTS una posibilidad real de movilidad social. Jóvenes que, en muchos casos, no contemplaban la educación superior como un horizonte alcanzable, y que hoy no solo acceden a ella, sino que lo hacen en condiciones de calidad.

En tiempos donde la educación pública enfrenta cuestionamientos estructurales, experiencias como la de Omar Lengerke Pérez invitan a una reflexión más amplia: transformar instituciones es importante, pero transformar vidas es, sin duda, el indicador más exigente y el más relevante— de cualquier gestión

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